Desde principios de marzo, los mercados financieros han tenido que enfrentarse a ciertos elementos que no están directamente relacionados ni con la demanda económica nacional ni con los factores económicos habituales a corto plazo. Abrumados por los acontecimientos, es posible que los economistas y analistas de mercado se estén preguntando si van a tener que convertirse en expertos políticos, o si solo han de ceñirse al análisis riguroso de los indicadores macro y microeconómicos.
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Con el fin de ayudar a los economistas a reflexionar sobre las cuestiones que pueden determinar su labor de análisis, hemos resumido en varios artículos los principales acontecimientos que se han producido en Estados Unidos, China y la eurozona en la primera semana de marzo. ¿Qué más podemos decir?
Tras alcanzar su máximo histórico el pasado 19 de febrero, el índice de renta variable estadounidense S&P 500 ha caído un 8,6%, un 5,7% desde principios de marzo (al cierre del 10 de marzo). En comparación con los niveles registrados a finales de febrero, el índice de renta variable de la eurozona ha caído un 0,8%, el Nikkei 225 un 0,3% y la renta variable china ha subido un 4,3%.
Los mercados de renta variable estadounidense fueron los más afectados, lo que no es de extrañar dada su trayectoria previa. El sector tecnológico ha caído con fuerza; el índice NASDAQ Composite ha registrado su nivel más bajo desde el 11 de septiembre de 2024, tras caer un 12,9% desde el 19 de febrero. ¿Representa la caída del 4% del NASDAQ el pasado 10 de marzo un nuevo «Lunes negro»?

La falta de claridad sobre política económica en Estados Unidos a todos los niveles es la razón que está detrás de la caída de los mercados. De hecho, los inversores creen ya que las políticas de la Casa Blanca pueden llevar a una recesión en Estados Unidos.
¿Habrá recesión en 2025?
¿Significa eso que el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, se equivocó cuando el 7 de marzo dijo que la situación de la economía estadounidense seguía siendo buena y que «muchos indicadores apuntan a la solidez y al equilibrio general del mercado laboral»?
No. O, al menos, todavía no. En nuestra opinión, la preocupación que reflejan los mercados financieros (caída de la renta variable y del rendimiento de la deuda a largo plazo) parece excesiva. El escenario negativo para la economía estadounidense es el resultado de una combinación de indicadores decepcionantes e interrogantes legítimos sobre las consecuencias de la futura política económica.
Los datos económicos que se han publicado en las últimas semanas no reflejan realmente el impacto de las decisiones adoptadas desde el 20 de enero. Los que han resultado decepcionantes son más bien los datos subjetivos, aunque con resultados contradictorios entre las distintas encuestas empresariales.
Los datos de empleo en Estados Unidos, que suelen influir en el comportamiento de los mercados financieros, fueron recibidos el pasado 7 de marzo con cierta indiferencia general. La creación de empleos netos coincidió en gran medida con las expectativas del mercado (151.000 frente a los 160.000 a los que apuntaba la opinión de consenso de Bloomberg).
El resto de los datos de empleo, los correspondientes a las encuestas a los hogares, reflejaron un aumento de la tasa de desempleo (del 4,0% al 4,1%), así como de la tasa obtenida al sumar el total de personas desempleadas con una vinculación marginal con el mercado laboral al total de desempleados y personas empleadas a tiempo parcial por razones económicas (del 7,5 % al 8,0 %). En este sentido, no parece que Jerome Powell estuviera equivocado.
El 5 de marzo se publicaron los resultados de la encuesta de febrero elaborada por el Institute for Supply Management (ISM), que fueron mucho mejores que los de otros índices de gestión de compras. El índice del ISM correspondiente al sector servicios subió de los 52,8 puntos de enero a 53,5. Por su parte, el índice de gestión de compras del sector servicios elaborado por S&P cayó por segundo mes consecutivo a 51 puntos y marcó su nivel más bajo desde noviembre de 2023.
No estamos minimizando las dificultades futuras a las que podría enfrentarse la economía estadounidense, pero pensamos que la previsión actual del crecimiento del PIB en tiempo real de la Reserva Federal de Nueva York resulta hoy más relevante que el indicador GDPNow de la Reserva Federal de Atlanta, que ofreció unas estimaciones bastante aproximadas en 2024.

Los índices de confianza de los consumidores han caído, ya que a los estadounidenses les preocupan las recientes subidas de precios que han registrado algunos productos.
El informe de la Federación Nacional de Empresas Independientes mostró una caída de la confianza de la pequeña empresa en febrero. Se trata de la segunda caída consecutiva, que hizo retroceder al índice hasta los 100 puntos después de haberse situado en 105,1 en diciembre de 2024 tras la arrolladora victoria del Partido Republicano en las elecciones de noviembre. Los comentarios sobre los resultados de la encuesta, que siguen siendo optimistas y se sitúan sobre la media a largo plazo (98), pusieron de manifiesto el elevado nivel de incertidumbre que se observaba en las respuestas.

Incertidumbre en todos los frentes
Es probable que la incertidumbre sobre el futuro económico marque la diferencia entre la posibilidad de que el crecimiento de la economía estadounidense se acerque a su potencial en 2025 (tras registrar un 2,8% en 2024), lo que sigue constituyendo nuestro escenario central, y la de que la economía entre en recesión.
Está comprobado que la incertidumbre en torno a la normativa, incluidas las normas de comercio internacional, y la política fiscal puede retrasar las decisiones de inversión. Por lo tanto, puede influir tanto en el crecimiento como para provocar una recesión, o al menos una importante desaceleración.
El retraso de la inversión irreversible podría tener unos efectos más duraderos sobre la actividad que la congelación de la contratación o, en el ámbito doméstico, el aplazamiento de las compras de gran valor (aparte de la vivienda).
En Europa también existe incertidumbre sobre las decisiones que pueda tomar Estados Unidos. En una rueda de prensa reciente, el gobernador del Banco de Finlandia, Olli Rehn, calculó los posibles efectos de una guerra comercial. Partió de la base de que Estados Unidos impondría aranceles del 25% a las importaciones procedentes de la eurozona y del 20% a las procedentes de China, y de que ambas regiones impondrían aranceles simétricos en represalia sobre las exportaciones estadounidenses.
Según sus cálculos, este escenario provocaría una caída generalizada del crecimiento en comparación con el escenario de base: una caída de 1,1 puntos porcentuales en Estados Unidos, de 1,5 puntos en la eurozona, de 2,5 puntos en China y de 0,5 puntos en la economía mundial.
Con este ejercicio, Rehn llegó a la conclusión de que era necesario aumentar de forma sustancial el gasto en defensa. Hizo un llamamiento para que Europa ofreciera soluciones europeas en un entorno de presión sobre las finanzas públicas. Los bancos centrales no suelen ser tan directos a la hora de hablar sobre política fiscal.
Por su parte, Donald Trump reconoció ante el Congreso de Estados Unidos que su política comercial podría provocar un «cierto malestar». Pensamos que se quedó corto. Si este «pequeño malestar» y la incertidumbre relacionada con la nueva política continúan afectando a la confianza de los inversores y de los propios ciudadanos, la actitud inversora podría cambiar de manera radical.