La demanda de petróleo, en horas bajas

La demanda de petróleo podría recuperarse en línea con el repunte del crecimiento económico tras la pandemia. No obstante, a largo plazo reanudará la tendencia a la baja que ya mostraba ante unas presiones estructurales que seguramente se verán reforzadas por los cambios de comportamiento resultantes de las medidas adoptadas en todo el mundo para contener la propagación del COVID-19.

Para los inversores, esto esboza un panorama sombrío para la industria petrolera y las empresas de combustibles fósiles en general. En cambio, las perspectivas de las fuentes de energía renovables son mucho más prometedoras.

Todo apunta a que la tendencia secular bajista de la demanda de crudo se verá reforzada por los efectos duraderos de algunas de las medidas tomadas para combatir la pandemia, como por ejemplo una posible preferencia por trabajar desde casa y asistir a conferencias virtualmente y no en persona.

Factores como la localización de la producción y la necesidad, ahora más aparente, de depender en menor medida de proveedores extranjeros y de recursos importados deberían elevar más si cabe el atractivo económico y medioambiental de las renovables a expensas del petróleo y otros combustibles fósiles.

Factores no recurrentes y estructurales que afectan a la demanda de petróleo

Uno puede considerar que la perturbación actual en el mercado del petróleo, y por consiguiente en la industria petrolera, es transitoria. Los productores de crudo no han logrado ponerse de acuerdo para limitar la producción y apuntalar así a los precios ante el exceso de oferta y el bajón de la demanda, ahora que las medidas de confinamiento relacionadas con el COVID-19 han paralizado a economías enteras.

Con una oferta persistente que supera con creces a una demanda derrumbada y las instalaciones de almacenamiento totalmente llenas, los precios del petróleo han caído por debajo de cero, exacerbando la crisis en la industria petrolera e invocando el fantasma de quiebras e incumplimientos de deuda. Aunque cabe afirmar que estos desarrollos han tenido lugar solamente en los dos últimos meses, el petróleo ya estaba sometido a presiones estructurales crecientes antes de estallar la pandemia.

Presiones duraderas sobre la demanda de petróleo

Las medidas adoptadas para mitigar los efectos de la crisis climática o adaptarse a los mismos a través de la descarbonización favorecen a las energías renovables, al igual que el descenso constante de su coste. A ello deberíamos sumar los llamamientos populares a los gobiernos para mejorar la calidad del aire, sobre todo en ciudades de países en vías de desarrollo como China y la India, y para reducir su dependencia en combustible importado o en proveedores concretos.

Estos esfuerzos podrían pasar a un segundo plano mientras los gobiernos se concentran en la crisis sanitaria, pero no tardarán en imponerse nuevamente una vez superada la pandemia. Incluso podrían hacerse más prominentes cuando las autoridades eleven su gasto para rearrancar sus economías. Después de todo, los fenómenos de cambio climático como el calentamiento global, las sequías y las inundaciones no hacen caso a las pandemias virales.

En el marco de las guerras comerciales, el reenfoque en el autoaprovisionamiento y la retirada de la globalización a favor del comercio y la fabricación locales ya estaban elevando más si cabe la presión a largo plazo en la demanda de petróleo. Esto se ha visto exacerbado por la respuesta ante la pandemia, ahora que millones de personas trabajan desde casa, vuelan poco y evitan las conferencias y otras congregaciones.

La demanda de petróleo, en horas bajas

Si a esto le añadimos que el consumo de petróleo ha experimentado su mayor caída de la historia debido a los confinamientos generalizados, la noción de que la demanda global de crudo ya podría haber tocado techo no parece tan descabellada. Es casi seguro que la producción estadounidense (la mayor fuente de oferta de los últimos años) ya ha alcanzado su punto máximo, y que el sector (y en concreto los productores de esquisto) se enfrentan a una crisis existencial.

¿Es esta una conclusión prematura? ¿Acaso no pronostican las agencias internacionales de la energía una recuperación del consumo por encima del máximo histórico registrado en 2019? Así es, pero la combinación de presiones estructurales sobre la demanda y cambios de comportamiento en nuestro trabajo y nuestra vida cotidiana podría anular los efectos de la reanudación de la actividad económica, en el marco de una “nueva normalidad” caracterizada por una retirada gradual de las medidas adoptadas para contener al virus y un profundo replanteamiento de los modelos económicos y de negocio.

Consideremos también las mejoras de eficiencia energética ya logradas, que han crecido de forma exponencial en los últimos años y que en nuestra opinión seguirán haciéndolo en adelante. Por ejemplo, los vehículos eléctricos ya son mucho más eficientes que los de motor de combustión de diésel o gasolina, y países muy poblados como China y la India compiten con Europa a nivel de penetración de los coches eléctricos. Al intensificarse en los próximos años, esta tendencia tendrá efectos de gran calado en el consumo de combustibles fósiles.

Al mismo tiempo, es probable que millones de personas ahora confinadas en sus hogares opten por trabajar desde casa incluso tras la crisis, lo cual supondría un fuerte descenso de los desplazamientos con un alto consumo de combustible. Además, todo apunta a que los recortes de costes una vez superada la pandemia reducirán los viajes de negocios, y las grandes congregaciones por motivos de negocios, entretenimiento, deporte y religión podrían, en gran medida, pasar a la historia. En definitiva, la preocupación en torno a una segunda oleada de COVID-19 podría cambiar de forma permanente el comportamiento de las personas.

Demanda de petróleo: dudas en torno a una recuperación en forma de V

Estas son razones de peso para creer que las repercusiones de la demanda destruida por la crisis del COVID-19 podrían ser permanentes, y que un repunte de la demanda en forma de V más entrado el año es poco probable.

¿Cómo deja esto al panorama para la industria petrolera? En el caso del sector de esquisto estadounidense, las perspectivas son bastante sombrías. Estas empresas altamente endeudadas no ganaban dinero cuando los precios del petróleo eran elevados, y no hay motivo alguno para esperar que puedan hacerlo a unos precios tan bajos como los actuales. Las expectativas de incumplimientos están aumentando, y aunque el gobierno o los bancos del país podrían intervenir para salvar puestos de trabajo y asumir su control operativo, a los inversores se les está acabando la paciencia.

De hecho, esto también podría ser aplicable al interés de los inversores en toda gran petrolera que no se tome en serio el cambio climático ni la economía de las fuentes renovables y que no destine su gasto de capital hacia prácticas de negocio sostenibles, incluso si el precio del petróleo acaba recuperándose —posiblemente tras un año y medio— del doble revés que supone la sobreproducción y la destrucción de demanda.

Este artículo está basado en un webcast reciente en BrightTALK con Mark Lewis, en el que comenta el impacto potencialmente duradero del COVID-19 y del confinamiento global sobre la demanda de petróleo.

Webcast en inglés:

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