Diversifica con la inversión factorial en deuda corporativa

La asignación a estrategias de inversión en deuda corporativa basadas en factores ha aumentado, al igual que los datos que demuestran sus ventajas.

A diferencia de la inversión tradicional en renta fija, que suele centrarse en la gestión activa de la sensibilidad de una cartera a los cambios en los tipos de interés (duración), el riesgo de crédito y la exposición a las divisas, la inversión factorial se basa en la selección de títulos en función de características específicas. Estos «factores» han explicado el rendimiento de la inversión a lo largo del tiempo.

En otras palabras, en lugar de actuar según la previsión de evolución de los mercados, las estrategias basadas en factores están diseñadas para generar rendimiento independientemente de la dirección de los tipos de interés o de los mercados de deuda corporativa.

El objetivo es seleccionar aquellos títulos de renta fija que podrían superar a otros títulos similares. En nuestra opinión, esta característica es una ventaja en un entorno de volatilidad como el actual y puede contribuir a limitar las pérdidas en periodos de caída pronunciada de los mercados, como la que vivimos en marzo de 2020.

Una visión diferente de los factores en la inversión en deuda corporativa

La inversión factorial en deuda corporativa no resulta tan sencilla como en renta variable, donde se ha venido utilizando desde hace más de diez años. Los factores se llaman igual (valor, tendencia o momentum, bajo riesgo y calidad), pero los inversores deben tener en cuenta las diferencias entre la inversión en renta fija y renta variable:

  • Lo que es importante para un inversor en renta variable puede no serlo para un inversor en renta fija. Por ejemplo, en el caso de una compra con apalancamiento, es posible que la cotización de la compañía suba tras el anuncio de la compra, pero el aumento de la carga de la deuda puede resultar perjudicial para sus títulos de deuda.
  • A los inversores en renta fija les preocupa la capacidad de los emisores para amortizar su deuda, mientras que los inversores en renta variable buscan empresas que puedan crecer.
    • Pongamos un ejemplo. Un factor de valor típico en renta variable es el ratio precio-valor contable, con el que se trata de identificar empresas que estén infravaloradas comparando el precio de la acción con el valor contable de la compañía. El factor llevaría a invertir en empresas que tuvieran ratios precio-valor contable reducidos, para poder beneficiarse una vez que esa empresa infravalorada se recupere.
    • En el caso de la inversión en deuda corporativa, el factor funciona al revés: se utiliza para evitar «trampas de valor», es decir, compañías infravaloradas que podrían no recuperarse.
  • En lo que respecta a la inversión en renta fija, hay que tener en cuenta distintos aspectos. Una misma empresa puede emitir bonos con diferentes características y vencimientos y, por tanto, con diferentes riesgos. El riesgo de un bono va cambiando con el tiempo porque el plazo hasta el vencimiento va disminuyendo. Por lo tanto, la construcción de la cartera debe tener en cuenta diversas dimensiones de riesgo: riesgo de crédito, riesgo de tipos de interés y tiempo. A la hora de valorar los bonos es preciso aplicar una perspectiva local, en lugar de global, comparándolos con emisiones con vencimientos y primas de riesgo similares.
  • La renta fija no ofrece a los inversores el mismo potencial alcista que la renta variable: cuando un inversor invierte en un bono, ganará el rendimiento que ofrece el bono, es decir, el cupón más el cambio en el precio del bono. Por lo tanto, para los inversores en renta fija, la preservación del capital es importante: el objetivo es evitar aquellas empresas que pueden incurrir en situación de impago o que pueden recibir una rebaja de calificación y salir de los principales índices de renta fija.

Mediante el uso de factores, tratamos de sesgar las inversiones en deuda corporativa hacia las empresas más baratas, más rentables y mejor gestionadas, las de menor riesgo y las de mayor tendencia. Se trata de un planteamiento lógico, y se ha demostrado que ha ofrecido una mayor rentabilidad ajustada al riesgo a largo plazo.

¿Cómo se benefician de ello los inversores?

La inversión en deuda corporativa basada en factores aumenta la diversificación de las carteras.

Una cartera multifactorial trata de mantener el mismo riesgo que el índice de referencia, por lo que tiende a presentar un perfil de riesgo diferente y no direccional. A diferencia de las estrategias más tradicionales, la estrategia basada en factores no se centra en poner en marcha decisiones activas en términos de duración, posicionamiento en la curva de tipos o asignación por sectores.

Este enfoque contribuye a que las carteras multifactoriales muestren una mayor capacidad de resistencia en periodos de aumento repentino de la volatilidad, tal y como ocurrió en 2020. Pensamos que esta característica respalda nuestra opinión de que las inversiones multifactoriales deberían utilizarse como inversiones estratégicas básicas.

¿Cuánto debería un inversor asignar a una cartera de este tipo? En otras palabras: ¿complementa de forma eficaz la rentabilidad sobre el índice de las estrategias multifactoriales a la rentabilidad sobre el índice que ofrecen otras estrategias? No existe una sólida correlación estructural entre la rentabilidad sobre el índice que ofrecen las estrategias multifactoriales y la que ofrecen las estrategias más tradicionales, por lo que, en nuestra opinión, las inversiones multifactoriales constituyen un buen complemento, ya que actúan como factor de diversificación y mejoran el perfil de riesgo-rentabilidad frente al índice.

Pensamos que, para aprovechar las ventajas de diversificación, la asignación óptima a las estrategias multifactoriales se sitúa entre el 30% y el 50%. Obviamente, dicho porcentaje puede variar según el inversor, en función de las inversiones que compongan su cartera.

¿Y si tenemos en cuenta los criterios extrafinancieros?

Las cuestiones relativas a la sostenibilidad constituyen la base de nuestro enfoque. En la práctica, excluimos a los emisores con peor calificación en materia de factores medioambientales, sociales y de gobierno corporativo (ESG, por sus siglas en inglés), ya que pensamos que estas empresas presentan un mayor riesgo a largo plazo, tanto en términos de reputación como de rendimiento financiero.

Aparte de dichas exclusiones, trabajamos también con criterios no financieros a la hora de seleccionar los títulos y construir una cartera de inversión con una calificación ESG sustancialmente superior a la del índice y con una huella de carbono un 50% inferior. En nuestra evaluación incluimos las emisiones directas de CO2 de fuentes propias o controladas y las emisiones indirectas procedentes de la generación de electricidad comprada, vapor, calefacción y refrigeración. Queremos tener un impacto cuantificable en la sostenibilidad.

Creemos que estas credenciales ecológicas aumentan el atractivo de las estrategias multifactoriales de inversión en deuda corporativa como complemento de estrategias más tradicionales, como asignación estratégica básica y como elemento de diversificación destinado a mejorar el rendimiento general de las inversiones.



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