Inflación estadounidense: ¿subirá durante más tiempo del previsto?

La inflación estadounidense podría aumentar de forma considerable de cara al verano. Aunque algunos piensan que podría tratarse de un aumento temporal, también podrían combinarse una serie de fuerzas que ejercerían una mayor presión estructural e impulsarían los precios al alza durante más tiempo.

Los mercados están atentos a la evolución de la inflación en Estados Unidos a medida que la mayor economía del mundo va recuperándose de la crisis provocada por la pandemia, con la ayuda de un esfuerzo conjunto por parte de la Reserva Federal destinado a impulsar al alza la inflación. El grado de éxito de dicho esfuerzo determinará la evolución de los rendimientos de la deuda estadounidense, lo que a su vez impulsará las tendencias que veremos en otros mercados importantes de renta fija.

Perspectivas a corto plazo de la inflación: un aumento impulsado por la recuperación de la economía

Las expectativas de consenso apuntan a un repunte de la inflación estadounidense en los próximos meses como resultado de efectos de base, es decir, para revertir la caída de los precios registrada cuando se implantaron los cierres de las economías hace un año. Este aumento se verá incrementado como consecuencia de los cuellos de botella que están surgiendo conforme la economía va cogiendo ritmo, por ejemplo, en el mercado laboral, pero también en las cadenas de suministro de las materias primas y los semiconductores.

Al final, y según la previsión de consenso, la inflación volverá a disminuir.

No cabe duda de que existen efectos de base, y los precios de la energía han ido aumentando conforme ha ido creciendo la demanda al tiempo que lo ha hecho la recuperación económica. Ese ha sido el principal factor impulsor de la inflación. Los precios de los servicios más sensibles a los confinamientos podrían continuar subiendo conforme vayan reabriendo las empresas (véase gráfico 1).

La escasez de semiconductores acabará reflejándose en un considerable aumento de los precios de productos como los automóviles y las lavadoras. Por otro lado, la escasez de mano de obra podría llevar a las empresas a ofrecer bonificaciones o mayores salarios en un intento de atraer a los trabajadores cualificados que se muestran reacios a volver a sus puestos de trabajo.

Todas estas presiones sobre los precios podrían provocar que la inflación acabara subiendo hasta alcanzar un 3,8% este verano, antes de volver a caer al 2% o el 2,5%.

Más allá de los próximos meses: más presiones

Por lo demás, hay otros factores cíclicos en juego. La economía mundial comienza a reabrirse y algunos países están más avanzados que otros. En China, la recuperación de la crisis económica provocada por la pandemia y la vuelta de la economía al pleno rendimiento hace unos meses ha impulsado la demanda de materias primas. Conforme vaya acelerándose el crecimiento en el resto del mundo, las existencias comenzarán a disminuir. El reabastecimiento mantendrá la presión al alza sobre los precios y provocará que las empresas repercutan ese aumento de los costes en los consumidores.

Ante las generosas ayudas que el gobierno (estadounidense) ha concedido a las familias, las empresas podrían pensar que cuentan con una cierta capacidad de fijación de precios y aumentar los precios de los bienes de consumo. La demanda de mano de obra también impulsará el nivel de ingresos, lo que acabará reflejándose en los precios de la vivienda y en los alquileres. En definitiva, es probable que asistamos a una presión cíclica sobre la inflación.

Los masivos planes de gasto aprobados por el gobierno de Biden y la política monetaria de orientación expansiva de la Reserva Federal podrían reducir rápidamente la brecha de producción, lo que traería consigo una situación de pleno empleo para mediados de 2022 y una recuperación continua de los salarios. En otras palabras: los costes de las empresas aumentarán aún más, y habrá un riesgo considerable de recalentamiento o crecimiento excesivo de la economía a causa de las medidas de estímulo a gran escala.

¿Cómo reaccionará la Reserva Federal?

En el contexto de su nuevo marco de inflación, que implica un cambio desde una política monetaria proactiva destinada a cortar de raíz la inflación (potencial) a una postura reactiva que permita que la inflación (real) se estabilice con el tiempo, la respuesta probable a la pregunta anterior es: no reaccionará de ningún modo.

La inflación estadounidense se sitúa actualmente por debajo del objetivo del 2% del banco central. En virtud del nuevo enfoque, este nivel de inflación inferior al objetivo ofrece un cierto margen para que dicho objetivo pueda superarse «durante algún tiempo», con el fin de restablecer el equilibrio y que la inflación se estabilice en torno al 2%. Lo que los mercados se preguntan es qué significa «durante algún tiempo».

Una cuestión importante cuando hablamos de que son los mercados los que fijan los tipos de interés futuros. Las expectativas de inflación tienen su relevancia, y aunque actualmente reflejan una falta de actuación por parte de la Reserva Federal hasta que la inflación haya alcanzado su objetivo y lo haya superado durante algún tiempo, existen factores estructurales que, en nuestra opinión, deben tenerse en cuenta a la hora de formarse una opinión a más largo plazo.

Otros factores estructurales que impulsan la inflación

La globalización ha sido una fuerza deflacionista, pero ante el auge del proteccionismo, incluso después de Trump, y la diversificación, reorganización y relocalización de las cadenas de suministro vulnerables por parte de muchas empresas, dicha fuerza podría debilitarse. Una menor globalización, también en forma de aranceles al comercio y restricciones a las transferencias de tecnología y las inversiones, frena la competencia que disminuye la inflación.

Los cambios demográficos en China y Europa constituyen una segunda fuente potencial de inflación. El envejecimiento de la población resulta relevante en lo que se refiere a sus efectos sobre los sistemas sanitarios y de pensiones, pero también en lo que respecta al crecimiento de la población y a la población en edad de trabajar en las próximas décadas.

En última instancia, para financiar este aumento del gasto sanitario y de pensiones será necesario emitir más deuda, ya que no existe interés político por subir los impuestos o aplicar medidas de austeridad. Al final, los bancos centrales comprarán más deuda y, como ya sabemos, la monetización de la deuda es inflacionista.

Los cambios demográficos también podrían acabar con el exceso de ahorro a escala mundial, lo que impulsaría al alza los rendimientos ajustados a la inflación, ya que habría más competencia para acceder a los fondos objeto de préstamo. Todo ello podría afectar a la sostenibilidad de los elevados niveles de deuda y crear nuevas tensiones relacionadas con el gasto en áreas como la mitigación del cambio climático, que también exigen una respuesta urgente.

Una vez más, los bancos centrales podrían verse obligados a intervenir y a comprar más deuda, imprimiendo dinero.

Todos estos factores estructurales combinados entre sí podrían cambiar el contexto de inflación a largo plazo.


Aquí puedes escuchar nuestro pódcast con Cedric Scholtes


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